miércoles, 18 de julio de 2012

Los artistas y la peligrosa creatividad de Petán Trujillo 1 de 3

  Miércoles 30, Septiembre 2009

Los artistas y la peligrosa creatividad de Petán Trujillo 1/3

Por: José Tobías Beato - Ensayista

María Cristina Camilo fue la primera mujer en la televisión dominicana

       José Arismendi Trujillo Molina (a) Petán, uno de los hermanos menores del generalísimo Trujillo, pese a la rusticidad de su alma y de su conducta frecuentemente delicuencial, se convirtió en el mayor mecenas que haya tenido la nación dominicana hasta el día de hoy.
       Su emisora de radio, La Voz Dominicana, fue una de las más potentes de la América Latina. Introdujo la televisión, siendo apenas el tercer país latinoamericano, después de Cuba y México, que se daba el lujo de poseer el genial invento. Y las escuelas de canto, locución y baile, junto a las orquestas que tuvo a su servicio, crearon o consolidaron la más formidable ola de artistas dominicanos. La conmemoración anual de la fundación de la planta radio-televisora, la famosa “Semana Aniversario”, devino en la meca de los más afamados artistas internacionales.
       Por cierto, para la época, el merengue ya había recorrido una larga historia, fomentado por algunos políticos, incluyendo a Trujillo, que desde su campaña primera en 1930 amenizó sus reuniones proselitistas con música de tierra adentro, el “perico ripiao” del campesinado pobre. Unos pocos años después el alegre y pimentoso ritmo fue urbanizado, al hacerlo suyo músicos con preparación clásica, quienes le incorporaron instrumentos como el piano, el saxofón y la trompeta.
       En esa labor destacó sobremanera el maestro Luis Alberti (1906 – 1976), nacido en la ciudad de La Vega, quien creó una línea melódica bien definida que matizó con ricas armonías, como puede muy bien notarse en su “Compadre Pedro Juan”. Así, el merengue dejó en el conuco y la gallera sus viejos harapos, y ahora ricamente ataviado, pasó a exhibirse con majestuosa dignidad en los salones de la clase alta y media. Para ello contó prontamente con el apoyo oficial del régimen trujillista. Casi por ese mismo tiempo, un poco antes, algo similar habían hecho los argentinos con el tango, sacándolo de mercados y burdeles, para escándalo de muchos intelectuales que abominaban del apasionado ritmo y de la sensualidad de su baile (para los que gustan de estos temas próximamente publicaré el trabajo “ Gardel, los intelectuales y el poeta Le Pera”).  
       Por supuesto, el aporte de Alberti, como todo en la vida, se basaba en los trabajos de otros, que le  despejaron el camino. Incluyendo a su propio ancestro, el coronel Juan Bautista Alfonseca, que fue de los primeros, sino el primero que llevó las notas del merengue al pentagrama. Esto era necesario para la futura difusión e inmortalización del género.
       Antes de eso, de hecho, muchas de las más originales creaciones se las había llevado el viento, al no tener sus creadores modo de eternizarlas por desconocer la teoría y la escritura musical, caso de muchos de los merengues de “Ñico Lora”. Pese a todo, algo quedó, y la genialidad de este compositor espontáneo puede apreciarse, a modo de ejemplo, en la muy divulgada pieza que lleva por título “San Antonio”.
       (Para este sucinto trabajo he aprovechado, entre otros, algunos datos aportados por el musicólogo y músico Antonio Gómez Sotolongo, quien realizó años atrás un magnífico trabajo divulgador, por encargo de la desaparecida editora “Caña Brava”, trabajos que agrupó bajo el nombre de “Los Cien Músicos del Siglo”).
       En 1946 LVD fundó una Academia de Canto, de la que fueron profesores meritorios el tenor Rafael Sánchez Cestero, José Dolores Cerón, los argentinos Carlos Crespo y Vladi Silva y los italianos Eugenio Pasta y Mario Ferretti, entre otros. En dicha escuela perfeccionó su canto Elenita Santos (n. 1933), nombre artístico de una hermosísima mujer de origen palestino, cuyo nombre verdadero es Gilén Nazir Cabalén. Estudió en la citada academia al recibir una muy merecida beca. A partir de entonces, su voz de un timbre singularmente bello, se conoció ampliamente en media América. Y se hizo la reina del ritmo que llamamos “Salve”.
       A José Dolores Cerón (1897- 1969) deben los dominicanos notables trabajos, porque él mismo era una figura notable: músico profesional, especializado en la interpretación del chelo y en la composición musical. También hizo estudios profesionales de medicina. Fue Director de la Banda de Música del Ejército a partir de 1925, a la que incorporó diversos instrumentos que le permitieron abordar el repertorio clásico. Compositor original, fue el creador de la criolla “Cómo me besabas tú” y de poemas sinfónicos como Iguanona, Enriquillo, Las vírgenes de Galindo.
       El maestro Cerón fue, asimismo, el que le dió el nombre artístico a Johnny Ventura, cuyo nombre es Juan de Dios Ventura. Mas, ese era casualmente, el nombre de uno de los invasores de junio del 59, piloto desertor de la dictadura, miembro destacado de la denominada “raza inmortal”, quien fuera apresado, torturado y posteriormente hecho teniente coronel, fotografiado junto al embajador norteamericano, a fin de que quedara evidenciada la supuesta magnanimidad de Trujillo, estadista cristiano tan consecuente que, era capaz de perdonar hasta a sus enemigos más enconados.
       Se trataba de una de esas maniobras teatrales en las que Trujillo se especializaba para disimular sus intenciones finales. Así, un día, el avión que piloteaba Juan de Dios se estrelló debido a una aparente falla mecánica, perdiendo su vida al instante. No, Trujillo no olvidaba ni perdonaba. Lo suyo era el teatro, táctica que enseñó a su hijo espiritual predilecto, el doctor Joaquín Balaguer, quien de la mano de tan experimentado preceptor, se hizo un simulador consagrado.
       Por eso, el maestro Cerón, soldado de mil batallas, le sugirió al joven aprendiz de músico un cambio prudente de nombre que le ahorró, sin duda, unos previsibles sinsabores. De modo que Juan de Dios Ventura Soriano devino Johnny Ventura, nombre con el que ha entrado gloriosamente en la historia del arte popular tropical (la referencia proviene del “Fichero Artístico Dominicano” de Jesús Torres Tejeda).  
       Y así, este rebautizado Johnny Ventura (n. 1940), no solamente fue un artista que transformó el modo como se presentaba la orquesta ante el público, revolucionando la manera de bailar y contonearse debido al uso habilidoso de las piernas, creando nuevos pasos llenos de viril sensualidad y gracia masculina, sino que fue cantante, arreglista y compositor de temas sumamente exitosos.
       Johnny, según cuentan, pensaba ser arquitecto, pero el destino lo llevó a participar en uno de los programas de La Voz Dominicana. Tras algunos fracasos, logró un primer lugar que le valió una beca para estudiar locución, música y técnica vocal en la escuela de la citada emisora. Aunque la fama y la contribuciones de Johnny se produjeron luego de la muerte de Trujillo y de la salida obligatoria del país de Petán Trujillo y de todos sus familiares: con el Combo Caribe de Luis Pérez vino “La agarradera” y del propio Johnny, “Cuidado con el cuabero.” Ya con su propio combo-show, posteriormente vendrían discos de oro: “La muerte de Martín” y “¡Ah no, yo no sé no!” Pero la formación la tuvo en la citada academia de La Voz Dominicana.
       En La Voz Dominicana se consagró la inmensa Casandra Damirón (n.1919 – 1983), coreógrafa, bailarina y cantante tan excelente que superaba con creces a la cubana Celia Cruz, según el polémico criterio del erudito periodista Alvaro Arvelo hijo. Nacida en Barahona, tempranamente había mostrado un talento extraordinario para el canto y el baile. En 1945 fue contratada por Petán para que trabajara con la superorquesta San José, dirigida por el maestro Luis Rivera. En La Voz Dominicana (LVD) formó un grupo con el que estilizó definitivamente el baile y las danzas criollas.
       En LVD se formó y destacó el tenor ligero Armando Recio; también tuvo contrato de exclusividad en La Voz del Yuna, Lope Balaguer (n. 1925), a quien justamente se le conoce como el “cantantazo”, que ha popularizado temas como “Arenas del Desierto” de Héctor Cabral y Rafael Colón, “Sígueme” del maestro Solano, entre otras.
        Nicolás Casimiro (n. 1911 – 1964), un negro con una voz poderosa, pero que podía ser suave y siempre afinada, no obstante ser un músico empírico, hacía galas de su voz de oro con anterioridad a Petán. Este lo contrató como artista exclusivo de La Voz del Yuna. Posteriormente en LVD hizo grabaciones de discos sencillos de 45 RPM, y luego LP’s, o sea, discos de larga duración en pasta, muy exitosos en el período someramente estudiado.
       Francis Santana (n. 1929), bolerista y merenguero de voz pegajosa, tenía años cantando cuando fue contratado como artista exclusivo de LVD en 1951, y luego para la “Orquesta Angelita” en 1957. Para las nuevas generaciones anotamos que Angelita es (porque aún vive), la hija menor de Trujillo. De aquella época se recuerdan en la voz de Santana “Massá Massá”, una pieza bellísima del folklore haitiano, que por cierto, una noche que fue interpretada  ante el generalísimo Trujillo, y éste no estaba de buen humor, se quejó inquiriendo la razón por la que tenía que escuchar música haitiana.
       Todos sabían lo que había pasado en el año 1937, cuando Trujillo ordenó una “limpieza étnica” en la que murieron alrededor de veinte mil haitianos. En consecuencia, los músicos, al escuchar el comentario del hombre que había provocado tal matanza, espantados, pasaron a interpretar al instante merengues dominicanos (la anécdota, si mal no recuerdo es de Joseíto Mateo, contada en uno de los programas nocturnos de Freddy Beras Goico). Otra pieza famosa de la era en la voz de Francis Santana, lo fue “Salve San Cristóbal”, del maestro Enriquillo Sánchez. Después grabaría piezas  que se harían merecedoras de la eternidad, bajo la dirección de un hombre que bajo su modesta apariencia es un músico genial: Rafael Solano; pero esto es harina de otro costal.
        Fueron artistas destacados de La Voz Dominicana, Tony Curiel (1931 – 2009) y Angela Vásquez, padres de la conocida vedette “la mulatona”. Pero en el caso de Curiel hay que dar unos breves pincelazos más, pues fue destacado cantante de ópera que supo adaptar muy bien su voz al canto popular. El tenor había tenido su oportunidad al participar en un conocido programa de La Voz Dominicana, “Buscando Estrellas”. Su destacada actuación le mereció una beca. Estudió bajo la dirección de José D. Cerón, Mario Ferreti y Dora Merteen. En 1959 grabó un LP con doce boleros (Orquesta San José, dirigida por el maestro Ramón Ant. Molina, mejor conocido como “Papa Molina”).
       Por cierto, el maestro Papa Molina (1925), nacido en la ciudad de Moca, fue un precoz músico que hizo de la trompeta su instrumento. Y en esta condición fue contratado como artista exclusivo por “La Voz del Yuna” para trabajar en la superorquesta San José, de la que llegó a ser su director. Compositor, es el creador, entre otras piezas notables, del bolero “Evocación”, grabado por Alberto Beltrán y por la sin par Betty Misiego. También es el creador del poema sinfónico “Tres imágenes folklóricas”.
       Joseíto Mateo (n. 1920) fue un talento multifacético, que por un tiempo fue exclusivo de La Voz Dominicana, tanto que en una ocasión en que debía viajar para grabar con la Sonora Matancera, le fue negado el permiso para viajar a Cuba, cosa nada rara en los tiempos de la dictadura trujillista: en la ocasión se grabó el famoso merengue “El negrito del batey” que había sido compuesto en su honor por el poeta Héctor J. Díaz con música de Medardo Guzmán. La pieza, por esta arbitraria circunstancia, pasó a ser más conocida dentro del repertorio de Alberto Beltrán. Bailarín, cantante de bolero, sonero y merenguero que impuso escuela, aparte de ser fructífero compositor, fue Joseíto Mateo el primer cantante del grupo puertorriqueño “El Gran Combo”, una de las agrupaciones emblemáticas de la música tropical. Su forma de bailar y de cantar hizo que se le llamara “el rey del merengue”.
       De esa formación salieron composiciones imprescindibles para la música dominicana: “La patrulla”, “Madame Chuchú”, “Los indios” (interpretado por J. Ventura), nombre por cierto, con el que fueron conocidos los policías, una vez que se presentaban a reprimir a los estudiantes y obreros en sus frecuentes luchas reivindicativas durante los gobiernos de Joaquín Balaguer. Por supuesto, el ritmo se convirtió en un himno, aunque ciertamente no fueran esas las intenciones de Mateo al componerlo, quien era más bien balaguerista (compuso luego un merengue para la campaña del citado político, “Chiquito, pero tupío”), pero ese es otro cantar.

sacado de esta pagina  http://www.rumbony.com/article.cfm?id=3218


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